Me senté a la orilla del Sol para contemplar el universo. Al fondo del infinito estaba ella, mirando hacia mi dirección. Creí que me miraba, eso creí. Respiré hondamente en el vacío. Casi podía distinguir sus cabellos rojizos entre las luces de las estrellas tintineantes que habitaban a su alrededor. Me puse en pie y brinqué de estrella en estrella, de planeta en planeta. Aquella bella mujer me observaba, me sonreía, me atraía hipnóticamente como una sirena a un marinero. Casi escuchaba su canto llamándome. Crucé la Vía Láctea, me deslicé sobre Andrómeda. Sus ojos reflejan las galaxias lejanas. Estaba sentada sobre una roca, un enorme asteroide que se movía lejos de mí, tratando de alejarme de ella. Aceleré mis pasos y tras de mí los planetas y estrellas que pisaba caían hacia el vacío, perdían su órbita. Ella se cepillaba su cabello con ambas manos, me coqueteaba. Cuando estuve a punto de tocarla su sonrisa se desdibujó de su rostro, sus cabellos se esfumaron en la oscuridad, su piel pálida se tornó oscura. Era un hoyo negro que empezó a tragarse el universo entero, no reaccioné a tiempo, traté de escapar pero era demasiado tarde. El universo se esfumó en tan sólo unos segundos, yo con él.
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