Empecé cortándole la lengua, luego, con la mayor delicadeza posible, le arranqué los párpados. Ya no lloraba, no podía, no quería ya. Había llorado toda la noche y parte de la mañana. Ahora debería llorar pero no puede. Sus ojos secos estaban, ni una lágrima más. Ni una gota que le hidratara sus ojos expuestos. Sus ojos son tan bellos como para ocultarlos tras dos cortinas de piel. Tomé el pedazo de lengua, era sólo la punta, no más de dos centímetros, tan escurridiza ella, tan gelatinosa ella. Yo sólo veía como la sangre brotaba a chorros de su boca, mezclada con saliva. Era un enorme hilo baboso que bajaba hasta su entrepierna y resbalaba inocentemente por su sexo. Sus piernas abiertas, amarrada cada una a las patas de la silla de madera. La silla era de su abuela. La silla era de mi abuela. Me arrodillé frente a su pubis empapado de sangre espesa y babosa. Miré. Con mi mano esparcí con calidez la mezcla de líquidos corporales. Se sentía una suavidad tremenda. No me gusta que las mujeres tengan vello púbico, me parece asqueroso. Más bien más varonil que asqueroso. Yo mismo me había encargado de depilarla. Sí, me encanta la piel suave. Me acerqué más, olí, casi introduje mi nariz en su sexo. Después miré sus hermosos ojos, me miraban con terror —o eso creí, estaban bañados en rojo, estaban muy abiertos—; ¡qué divinos ojos, qué divinos! Sonreí. Ella ya no luchaba, no se resistía, no tenía caso.
No pude resistirme más, empecé a lamber. El oxido sabor del carmín contrajo rápidamente mis papilas gustativas. Introducía y sacaba mi órgano retórico. Tomé el trozo de lengua y lo introduje hasta el fondo, traté de sacarlo con la mía. Mi excitación era tal que no tardé en bajarme el pantalón; me masturbé. Era un juego, para mí sólo era un juego, un sádico e inocente juego. Si no fuese así no hubiera usado la silla de la abuela, donde se sienta todas las tardes a tejer, donde se sienta por las noches a fumar el último cigarrillo del día. Aquella semana había salido del pueblo, la bronquitis la sacó de aquí y la tiene en el hospital de la ciudad. No había nadie en casa, sólo nosotros dos, por eso pude jugar. Llevaba meses planeándolo; ella no lo sabía, no imaginaba que fuera un juego.
Adentro, afuera, adentro. Sacar su trozo de lengua me resultaba más complicado de lo que pude imaginar. O su vagina era muy profunda, o mi lengua muy corta. Me seguía masturbando. El hilo de sangre y baba empezó a caerme en la frente, caía por mi nariz y terminó en mi boca. Al sentir que me venía me puse en pie. Terminé en sus ojos y en su cabello azabache. Sus ojos negros eran una combinación de meco y sangre. Parecía desesperada por quitárselo. Se retorcía, trataba de desatar sus manos y sus piernas. Se sintió humillada. Mi semen le resultó más humillante que todo por lo que había pasado. Debió sentirse impura, sucia.
Trató de gritar, no pudo formular palabra alguna. Introduje mi mano derecha en su boca intentando impedir sus gritos. Me mordió tan fuerte que sentí como sus dientes rasgaban mi carne hasta desgarrar algunos tendones. Tuve un impulso natural por gritar pero no podía hacerlo, iba en contra de mis propias reglas. Quise sacarla pero su mandíbula apretaba cada vez más. Con mi mano libre me sujete con su frente, no me di cuenta en qué momento empecé a llorar, tiré con fuerza para liberarme ¿de dónde carajos había sacado tanta fuerza? Llevaba más de veinte horas sin dormir. Estaba atada a la silla desde las seis de la tarde del día anterior. Me dijo algo pero no le entendí en lo absoluto. Pude imaginar lo que quería decir, era como hablar con un bebé, con un bebé de filosos dientes. La herida era muy profunda; el índice, medio y anular estaban temblorosos, aun así no los podía mover.
Me quité la camisa ensangrentada y parte de ella se la introduje en la boca. Fue muy complicado hacerlo con la mano izquierda. Estuve sentado frente a ella, me podía ver perfectamente, el meco se había escurrido completamente de sus ojos quitándole los restos de sangre. Sus párpados dejaron de sangrar. Yo seguía llorando, el dolor era insoportable. Mi inocente juego había tomado un camino distinto al que había planeado. Era hora de terminar con todo de una vez. Un corte en el cuello de lado a lado y será suficiente. Salí de mi habitación y me dirigí a la cocina por un cuchillo de mi padre, el que usa para destazar a los animales después de cazarlos. Tardé un tiempo en encontrarlo, mi madre no es muy ordenada en la cocina, no es ordenada en nada. Lo encontré; casi treinta centímetros de filo. Regresé cantando a la habitación. «I can’t take my eyes off you, I can’t take my eyes off you». Al abrir la puerta, mi hermana me miraba, estaba inmóvil completamente, ni siquiera parecía respirar. «I can’t take my mind off you…» Me volví a sentar frente a ella y mire mi mano, en ningún momento se me ocurrió limpiarme la herida, menos buscar un vendaje. Casi podía ver mis nervios dañados, casi podía…
María me arrebató el cuchillo, había logrado zafar uno de sus brazos de la atadura. Casi no me dio tiempo de reaccionar. Apenas había levantado la vista cuando vi venir la punta hacia mi yugular y después el chorro de sangre la bañaba completamente. Me arrodille frente a su pubis una vez más mientras con mis manos trataba de detener la abundante hemorragia. No podía respirar. Nuevamente alzó el cuchillo y éste se dirigió velozmente contra mi pecho. Se quitó mi camisa de la boca y escupió una bola inmensa de sangre medio coagulada. Me apoyé en sus piernas pero ya estaba completamente débil. Sólo pensé antes de cerrar los ojos en ¿qué va a decir mi abuela de todo esto? Se va a enojar por la silla, ¿quién le va a decir que sólo era un juego?
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